Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto ofrecido por Santtu-Matias Rouvali, Javier Perianes y la Philharmonia Orchestra en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Vivir de rentas
Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 31-III-2025. Teatro de la Maestranza. Javier Perianes, piano; Santtu-Matias Rouvali, dirección; Philharmonia Orchestra. Programa: Concierto para piano y orquesta nº 5 en fa mayor, Op. 103 de Camille Saint-Saens; y suite de El pájaro de fuego, versión de 1945, de Igor Stravinsky.
El Teatro de la Maestranza de Sevilla en esta pujante etapa de la dirección artística de Javier Menéndez (inaugurada en 2019), ofrece, sin excepción, espectáculos que van desde la alta calidad a la calidad suprema, labrándose un interesante capítulo artístico con cada una de las producciones líricas de la temporada. Sin embargo, no es ajeno a las consecuencias del contexto en que vivimos en el mundo en general y en España y Sevilla de forma particular. Es posible percibir ahora, con cierta perspectiva, que tras la sequía de la pandemia, el público melómano sevillano respondió a la convocatoria de todos cuantos espectáculos le fueran propuestos, pero que –tras un cuatrienio de positiva recuperación y prosperidad y, sobre todo, tras el acontecimiento que cerró el ejercicio anterior (la visita de los áulicos Wiener Philharmoniker dirigidos por un Lorenzo Viotti en estado de gracia), como punto álgido del abono Gran Selección (que ha permitido la vuelta al coliseo del Guadalquivir de las grandes formaciones sinfónicas tras décadas de ausencia)–, es posible que, mal acostumbrado y disperso entre tanta oferta cultural (desde el 21 de marzo se celebra el prestigioso Festival de Música Antigua de Sevilla), y, también, reservón ante la llegada de un mes intenso copado en lo social por la celebración de la Semana Santa y la subsecuente Feria de Abril, no esté compareciendo como se esperaba ante estas grandes citas. Ya llamó la atención que el concierto de la Gewandhaus de Leipzig con su director Andris Nelsons sólo congregara a un 60% del aforo total. En esa ocasión se dijo que era un lunes y que lo mismo o más exageradamente se daba en Madrid con las citas de Ibermúsica.
Pero la tendencia a la baja se consolidó al constatar que a Trifonov sólo fueron a escucharlo tres cuartos de la entrada y en la celebración del cuarto de siglo de Ismael Jordi sobre los escenarios sólo participó un tercio de los asistentes posibles. El pasado lunes la Philharmonia Orchestra de Londres, que sólo había visitado el Teatro en 1993 y 2005, cosechó media entrada del aforo. ¿Qué está pasando para que vaya el mismo escaso público a escuchar a la ROSS que a una orquesta invitada de esta solera?, se preguntan algunos.
La respuesta no es sencilla, pero sí fácil de imaginar. Simplificando mucho no es otra que Sevilla se ha acostumbrado a lo bueno y no cede en sus exigencias ni pretensiones: recordemos que Anna Netrebko agotó hasta las entradas de los críticos y los filarmónicos vieneses cosecharon un lleno hasta la bandera. Sin ir más lejos, se ha colgado el «No hay billetes» en las tres funciones de La verbena de la Paloma de la semana pasada, es decir, que público dispuesto a invertir su dinero en el disfrute de la música existe y en abundancia, pero, también es cierto que, a estas alturas, está robustecido con la mayoría de edad musical que le han procurado las temporadas estables por más de tres décadas y que no cede lo más mínimo en su apetencia de calidad y relumbrón, en la misma medida que ocurre con el de Valencia, Barcelona o Madrid. Puede ocurrir que allí se goce del relleno proporcionado por los turistas y visitantes, siendo este un aspecto que quizá quede por completar en Sevilla donde ese potencial tipo de espectador suele ser captado para otra serie de espectáculos.
En cualquier caso, el público asistente al concierto con el que la Philharmonia iniciaba su gira española de la mano de su director titular y con un solista de lujo sevillano de pura adopción y vecindad como Javier Perianes no quedó indiferente a lo que se ofreció sobre el escenario, pero, aún así, la respuesta no fue ni unánime ni completa. Por una parte, el Concierto para piano nº 5 de Saint-Saens es una de las cursilerías más grandes que se han escrito nunca. El papel de la orquesta es de mera comparsa y la parte del piano es muy bella por momentos, sobre todo en el misterioso y sugerente movimiento lento y también en el todo lo más resultón final, momentos que no proveen de emoción y que no pueden ocultar el caricaturesco pintoresquismo de tipo oriental del que más de uno está saturado a estas alturas de la creación artística. En cualquier caso la interpretación estaba impulsada por el ánimo de este pianista de talla internacional que, en todo momento, intentó extraer petróleo de una partitura que no daba para más. Los aplausos fueron cariñosos con Perianes, a quien se reconoce como héroe local en el Maestranza, pero no fueron totalmente sinceros. Cuando verdaderamente reaccionó el público y aplaudió de verdad fue con la celebración de las propinas que repartió el de Nerva: una Danza del fuego fatuo de El amor brujo de Falla dicha con una mezcla de delectación y salvajismo, pero con perfección en una ejecución que nos mantuvo en vilo y que alargó con enorme riesgo el final para acabar en éxito y explosión de palmas; y, por último, el parsimonioso y transparente Nocturno op. 54 nº 4 de Grieg, donde demostró su especial pericia y conocimiento de este compositor.
En la segunda parte era cuando se podía escuchar verdaderamente a la orquesta londinense y apreciar su calidad con una página tan variada y exigente para los atriles como la suite de 1945 de El pájaro de fuego stravinskiano. El maestro finlandés Santtu-Matias Rouvali optó por la reserva en casi toda la obra. La orquesta respondía con sencillez a las claras y por muchas veces naturales indicaciones del director, pero sin ninguna genialidad o aportación propia. Algo de eso hubo en el discutible final: decibélico a más no poder e incisivo en el papel de las cuerdas en los compases finales, donde, así, se hurtaba toda la belleza conclusiva que eleva el corazón con la caricatura que resultaba de unas micropausas tan exageradas como antinaturales que, antes que crear tensión, la rebajaban y hacían perder el discurso y la coherencia de la frase musical. Tampoco ninguna de las intervenciones solísticas (hay tantas en esta suite), resultaron memorables. Sí parecieron los músicos divertirse más en las propinas: la Circus Polka de Stravinsky (dicha con gracia y una buena dosis de ironía) y la Danza húngara nº 1 de Brahms, a años luz de la que ofreció la Filarmónica de Viena, también como propina, en el mes de junio, pero tan rotunda que (ahora sí), consiguió mezclar el compás postrero con la explosión de ovaciones arrancadas al público.
Resulta ilustrativo que la formación que fuera considerada una de las mejores de Europa entre los años cincuenta y ochenta del pasado siglo, creación de Walter Legge, impulsada por Beecham, Toscanini y Furtwangler de forma puntual en sus inicios y con un desarrollo deslumbrante a la sombra de Karajan, Klemperer, Maazel o Muti, sea ahora, a los ochenta años de su fundación, mera sombra de lo que fue. También es posible que, dentro de una temporada muy extensa por duración e intensa por citas musicales y giras, la orquesta seleccione un tanto aquellos momentos cuando tiene que dar de sí y en cuáles cumplir con solvencia una cita un tanto rutinaria como parecía ser la sevillana. Por lo visto, lo primero ocurrió el pasado jueves en el Royal Festival Hall con un sobrecogedor y místico Réquiem verdiano dirigido por Riccardo Muti, que volvió después de muchos años para celebrar el aniversario de la formación. Lo segundo es lo que ocurrió aquí: una orquesta de renombre, conocida por muchas de sus brillantes grabaciones, inicia una gira con cierto cansancio y cumple sin deslumbrar, aplaca sin convencer y ejecuta sin conmover dando, posiblemente, al traste con una sección de la programación maestrante a la que sólo le resta como aliciente la María de Padilla versión concierto, la efeméride de Carmen y la visita de la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia con Daniel Harding en las calores de julio para ratificar y alargar este camino o repensarlo para el futuro.
Fotos: Teatro de la Maestranza