
Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto protagonizado por Teodor Currentzis y Musicaeterna en el Auditorio Nacional de Madrid, dentro del ciclo de La Filarmónica, con la Sinfonía resurrección de Mahler en el programa
Transfigurado
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 26-III-2025. Auditorio Nacional. Ciclo La Filarmónica. Sinfonía núm, 2 “Resurrección” (Gustav Mahler). Sophia Tsyganova (soprano). Maria Barakova (mezzosoporano). Coro Ibercamera. Musicaeterna. Director musical: Teodor Currentzis.
Hay que agradecer, ante todo, al ciclo La Filarmónica, que ofrezca la oportunidad cada año de disfrutar del director musical más interesante –con diferencia- de su generación, Teodor Currentzis, al que los absurdos vetos por su condición de ruso parecen cerrarle las demás puertas de la temporada madrileña.
El inigualable poder transcendente de la música, único entre las artes, se puso de manifiesto en toda su fuerza en el concierto que aquí se reseña, en el que Currentzis alcanzó la cota de genio, de gurú oficiante de una memorable velada musical de la que, particularmente, salí más que conmocionado, transfigurado.
La obra interpretada, si se la hace plena justicia, se trata de esas particularmente especiales y que se prestan a ello, pues ya en su Segunda sinfonía, la “Resurrección”, Gustav Mahler plasma su ambición, su anhelo, de que una sinfonía debe abarcarlo todo, como el Mundo. La fusión entre música y voz humana; los contrastes entre lo popular y lo elevado, la alegría y la desolación; La grandiosidad y el poder transcendente. Todo ello se encuentra en esta obra maestra.
Teodor Currentzis en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, tras la interpretacion de la Segunda sinfonía de Mahler. Foto: Rafa Martín
Teodor Currentzis ha renunciado -con gran sabiduría- a la hora de desarrollar su proyecto artístico, a las orquestas más famosas y prestigiosas y con ello a su – a veces- prepotencia, pocas ganas de arriesgar, tendencia a la comodidad, al “ya lo sabemos todo” y refugiarse en la mera calidad de su sonido. Al contrario, el greco-ruso ha creado y moldeado una agrupación musicaeterna, de magníficos músicos y, lo más importante, entregados a su causa de manera incondicional. Se habla a veces, incluso de secta. Bendita secta si es para servir y glorificar la música, pues que se apreció ayer fueron unos músicos más que entregados, transidos y entre los que pude reconocer a la española Cecilia Bercovich, estupenda violista.
Frente a la rutina habitual en las que se refugian la mayoría de batutas de la actualidad, Currentzis siempre ha arriesgado, desde presupuestos casi siempre extremos, bien es verdad y a veces no ha acertado, pero el interés que han despertado en el melómano sus actuaciones ha sido siempre máximo. En esta ocasión, tocó el cielo en una sublime interpretación de obra tan especial, que sobrecogió al público que llenaba el Auditorio Nacional.
Desde la impresionante entrada de la cuerda grave, se apoderó de la sala una sensación de que se iba a escuchar algo grande. Arrollador, flamígero, pleno de tensiones y clímax fue todo el primer movimiento. Cuánto más pedía Currentzis a la orquesta más le de daba con ese gesto tan vehemente y desbocado como preciso. La cuerda tanto aguda como grave echaba chispas, empastadísima, de sonido tan compacto y redondo como sedoso.
Realmente admirable la capacidad de la batuta para combinar tensión, aristas y voltaje con separación de planos orquestales, claridad expositiva, sonido de calidad y espléndidas prestaciones de todas las secciones. De ello fue magnífica muestra el segundo capítulo de la sinfonía con un Ländler inquieto y juguetón, impecablemente contrastado con la segunda sección y con una destacada actuación de las maderas.
El tercer movimiento basado en el lied San Antonio de Padua predicando a los peces de la colección El cuerno mágico del muchacho se considera el scherzo de la sinfonía y atesoró toda la carga irónica y cáustica de la pieza. Enseguida llegó el contraste con el cuarto capítulo, en el que ya vuelve la seriedad con la mezzo Maria Barakova entonando con la suficiente musicalidad y un centro de cierto empaque el lied “Luz pristina”, que ya introduce el concepto de la vida eterna, fundamental en la obra.
El último capítulo de la sinfonía, que da título y fundamenta la misma, fue, en manos de Currentzis, la orquesta, solistas vocales -situados "dentro" de la orquesta - y el coro Ibercamera un inexorable crescendo que nos llevó al éxtasis. El texto del propio Mahler extraído de Resurrección de Gottlieb Klopstock se desarrolló en perfecta fusión con la música, que plasmó de forma primorosa el mensaje trascendente “El que ha nacido ha de morir. El que ha muerto resucitará”. “Moriré para vivir” , ”Resucitarás, sí resucitarás” “Eso que ha latido te llevará hasta Dios”.
Espléndidos los metales, la cuerda echó humo y el coro, rotundo, también se transfiguró, imbuido de lleno en la magia de un oficiante, Currentzis, enérgico, flamígero, pero también en éxtasis y demostrando su técnica con una excelsa concertación y articulando de forma inigualable el mensaje transcendente de texto y música.
No entiendo como algunos espectadores irrumpieron con aplausos nada más terminar, sin reflexión, sin recogimiento, ni síntoma alguno de excitación. Personalmente, me encontré paralizado, sobreexcitado, inmóvil, durante unos minutos hasta que pude ovacionar y bravear como se merecía tan memorable interpretación.
Foto: X de la Filarmónica