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Crítica: «Mitridate, re di Ponto» en el Teatro Real

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Autor: Raúl Chamorro Mena
31 de marzo de 2025

Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Mitridate, re di Ponto en el Teatro Real, bajo la dirección musical de Ivor Bolton y escénica de Claus Guth

«Mitridate, re di Ponto» en el Teatro Real

Anodino anticlímax

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 28-III-2025, Teatro Real. Mitridate, Re di Ponto (Wolfgang Amadeus Mozart). Juan Francisco Gatell (Mitridate), Sara Blanch (Aspasia), Elsa Dreisig (Sifare), Franco Fagioli (Farnace), Sabina Puértolas (Ismene), Juan Sancho (Marzio), Franko Klisovic (Arbate), José Luis Mosquera (El mayordomo). Orquesta titular del Teatro Real. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Claus Guth.   

   Al igual que sucedió en 2017 con la programación en el Teatro Real de la poco habitual ópera Mozartiana de 1772 Lucio Silla, con este estreno en formato escénico de Mitridate, Re di Ponto (Milán, 1770), se escuchan exageraciones por doquier calificándola de “obra maestra”.  ¿Qué calificativo usamos entonces para Don Giovanni o Las Bodas de Figaro? Evidentemente, Mitridate es una ópera menor dentro del catálogo de Wolfgang Amadeus Mozart, uno de los más grandes genios que ha dado la historia de la música. Desde luego, lo que resulta insólito es que un muchacho de 14 años de edad haya creado una ópera llena de bellezas, que se aquieta a los rígidos y encorsetados esquemas de la ópera seria, con su estatismo y sucesión de arias -alternadas por recitativos- conforme a la jerarquía de los cantantes y sus caprichos y exigencias. Ciertamente, el genial Salzburgués crea varias arias muy hermosas en esta ópera –y un magnífico dúo entre Sifare y Aspasia-, en las que se aprecia la milagrosa inspiración del gran Mozart y su pasmosa facilidad para concebir música, además de una orquestación de alta factura para un imberbe de esa edad, así como los intentos de superar ese estatismo de la ópera seria acentuando la faceta dramática de los estados de ánimo de cada personaje. 

«Mitridate, re di Ponto» en el Teatro Real

   En cualquier caso, con estos parámetros es imprescindible una compañía de cantantes excepcionales, auténticos virtuosos, para hacer llevadera esta sucesión de largas arias e interminables recitativos dentro de una trama muy estática basada en una tragedia de Racine, que encierra un conflicto familiar con rivalidad entre hermanos y su padre, de connotaciones Edípicas. Esta rivalidad y enfrentamiento no sólo se refiere al pensamiento político, también y especialmente al asunto amoroso, pues tanto el tiránico padre como sus dos hijos están enamorados de la misma mujer.  

   La función que aquí se reseña -28 de marzo- me produjo la sensación de enorme anticlímax después de los dos conciertos de Teodor Currentzis al frente a Musicaeterna de los dos días anteriores, merced a una compañía de cantantes correctitos, musicales, en estilo, pero sin apreciarse ni un solo virtuoso, ni un verdadero artista sobre el escenario. No se pueden interpretar arias de tan amplio formato sin variaciones, sin acentos, sin contrastes, ni un átomo de fantasía. Qué decir de la dirección musical, absolutamente plana, ayuna de brío, pulso y tensión.

   Al que aprecie la compostura y la más exacerbada rutina, disfrutará sin duda con la dirección de Ivor Bolton. Musical, en estilo, pero plana y mortecina donde las haya. Sin vida. Las arias se sucedieron, una tras otra, con un insulso y caído acompañamiento a modo de karaoke, que insufló un sopor in crescendo al oyente. 

   El papel titular de Mitridate pide un tenor baritonal con solidez en el centro y un registro grave bien armado. Nada de esto posee el argentino Juan Francisco Gatell, un tenor ligero de centro débil, grave inexistente y tampoco sobrado arriba, como pudo apreciarse en el aria “Vado incontro” y sus expuestos saltos al agudo. No canta mal, es correcto, pero poco más, dada la falta de carisma y áura de este anciano y despótico Rey –una especie de corrupto magnate en este montaje-, que es capaz de fingir hasta su muerte para comprobar la fidelidad de sus hijos y prometida. 

«Mitridate, re di Ponto» en el Teatro Real

   Sara Blanch es una soprano indudablemente aplicada, que canta bien, emite correctamente, dispone de una buena agilidad, todo impecable, pero sin fantasía alguna y con una sensación perenne de superficialidad. La voz, bien emitida, carece de especial calidad, belleza o singularidad. El canto es musical, con legato, pero sin fantasía ni variedad, la agilidad irreprochable -desde su primera gran aria “Al destin che la minaccia”- pero no corresponde a una virtuosa o fuoriclasse. Entregada y comprometida en escena, carece de especial carisma y personalidad. Una Aspasia impecable, aseada, pulquérrima, pero no entusiasmante. 

   Decepcionante –personalmente esperaba mucho más- el Sifare, hijo pequeño y más noble, aunque enamorado de su futura madrastra Aspasia, de Elsa Dreisig. Este personaje cuenta con un aria sublime con obbligato de trompa, “Lungi da te”, que contó con una apreciable prestación sobre el escenario de Jorge Monte de Fez. La soprano franco-danesa comenzó destemplada y dura, para ir remontando a lo largo de la función, pero sin mostrar más allá que un canto en estilo y correcto, pero sin acentos, ni variedad, una zona alta escasamente brillante y una agilidad trabajada, solvente, pero lejos también del excepcional virtuosismo demandado. ¡Cantó mal la Sra. Dreisig? No. ¿Cautivó? ¿Dejó huella como artista? Tampoco. 

   El papel de Farnace, el hermano mayor de Sifare, que no sólo ansía a la prometida de su padre, también se opone a él políticamente mediante su alianza con el enemigo romano, está destinado a un castrato contralto. El contratenor Franco Fagioli posee un registro de pecho trabajado, pero cuenta con dos voces fragmentadas, sin fusión alguna ni asomo de homogeneidad. Emitió algunos graves de impacto, pero también sonidos muy ingratos, guturales y extraños junto a algún regulador de mérito como en su última aria, muy hermosa, “Già dagli occhi il velo è tolto”. Lo cierto es que fue el cantante que más intención dotó a los recitativos – demasiado enfático en la expresión-, además de acentos y contrastes a su fraseo.  

«Mitridate, re di Ponto» en el Teatro Real

   La princesa parta Ismene –un personaje inexistente en el texto de Racine y aportado, sin duda, sobre las alas de la Ilustración- aporta sensatez entre tanto sentimiento cainita y exacerbado. Frente a la emisión retrasada, agilidad gutural y su habitual seguridad en el escenario, un tanto afectada, bien es verdad, Sabina Puértolas cantó con innegable gusto y regaló dos notas de calidad, ascenso en pianissimo con regulador, en las cadencias de sus arias. No faltó a la cita la profesionalidad y aseado canto de Juan Sancho como Marzio. 

   Es complicado para un director de escena superar el estatismo de Mitridate, re di Ponto, basada en una tragedia de Racine de 1673. Claus Guth nos ofrece una puesta en escena que recuerda a la mayoría de las suyas, pues se basa en una plataforma giratoria que desarrolla los dos espacios en que se desarrolla la trama. Un escenario realístico inspirado en la serie televisiva Sucession y que presenta una suntuosa casa de una familia desahogada actual, por lo que Mitridate parece ser un capo o magnate que se ha hecho con su fortuna por procedimientos poco lícitos. El otro espacio lo constituye una pared con agujeros negros en el que se desarrolla la dimensión onírica -de fondo psicoanalista- los sueños, miedos, anhelos y angustias de los personajes con desdoblamiento de los mismos y presencia de bailarines y distintas coreografías. Todo ello bien trabajado, al igual que el movimiento escénico, aunque sin poder evitar la sensación de que esto ya lo hemos visto en otros montajes de Guth y de que no se logra superar, a pesar del loable e intencionado intento, el estatismo y muy escasa teatralidad de la obra. 

Fotos: Javier del Real / Teatro Real


 

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