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Crítica: Martha Argerich, Charles Dutoit y la Orchestre de la Suisse Romande en el Festival de Granada

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Autor: José Antonio Cantón
8 de julio de 2024

El Festival Internacional de Música y Danza de Granada acoge un concierto protagonizado por Martha Argerich, Charles Dutoit y la Orchestre de la Suisse Romande

Martha Argerich, Charles Dutoit y la Orchestre de la Suisse Romande en el Festival de Granda

Martha Argerich, leyenda viva del piano

Por José Antonio Cantón
Granada, 06-VII-2024. Palacio de Carlos V.  LXXIII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Solista: Martha Argerich (piano). Orchestre de la Suisse Romande. Director: Charles Dutoit. Obras de Manuel de Falla, Robert Schumann e Igor Stravinsky.

   Cuarenta y cinco años justos se cumplían de la primera presencia de la insigne pianista bonaerense de ascendencia catalana Marta Argerich en el escenario por excelencia del Festival. La velada se convertía en una de las fechas señaladas de la presente edición de la mayor muestra musical que en Granada se organiza, fundamentalmente en la Alhambra, hito cultural por antonomasia de la ciudad. Lo hizo en aquella ocasión con una interpretación memorable del Tercer concierto en do, Op. 26 de Sergei Prokófiev, del que es una intérprete de absoluta referencia histórica, con la Orquesta Nacional de España bajo la dirección del maestro Antoni Ros-Marbá

   En esta oportunidad lo ha hecho con una de las formaciones históricas de Europa como es la Orchestre de la Suisse Romande, que visitaba por vez primera el Festival, bajo la dirección de Charles Dutoit haciendo un programa de atractivo contenido que tuvo su inicio con una interpretación interesante de la Segunda suite orquestal de «El sombrero de tres picos» de Manuel de Falla, que sirvió para acoplar la sonoridad de la orquesta y experimentar por parte de la audiencia la calidad de su sonido eminentemente adecuado y próximo al gran repertorio orquestal de influencia francesa, del que siempre mantuvo un destacado sentido recreativo desde su fundador, el legendario maestro Ernest Ansermet. Con tal pretensión estética afrontó el maestro helvético la lectura del famoso ballet español, destacando especialmente en la Jota final que le sirvió para hacerse con los resortes del instrumento en una amplia magnitud y adecuarse a la atrabiliaria acústica del recinto como ha podido quedar de manifiesto en la difícil ecualización de sonido que ha quedado grabado por Radio Televisión de Andalucía que emitió el evento en directo.

   El momento cumbre de la velada se produjo desde el mismo instante en que Martha Argerich puso pie en el escenario carolino, reflejo de la enorme expectación que se percibía en el ambiente. Sin sentirse cómoda ante ciertas inconveniencias lumínicas producto, esencialmente por las exigencias técnicas de la transmisión del evento por televisión, hizo todo un alarde de resolución tonal al inició del Allegro affetuoso inicial que iba a servir como una soberbia afirmación de claridad estructural, partiendo desde una determinante atención temática, que significaba cómo la pianista iba a supeditar su portentosa capacidad técnica al beneficio de la gran inspiración sinfónica  de esta obra, en la que el piano adquiere ese carácter de paridad polifónica con la orquesta a diferencia de otros ejemplos más próximos al lucimiento solístico como manifestaban hasta 1845 la mayoría de las obras concertantes contemporáneas. En un ejercicio de laissez faire musical, Charles Dutoit sabiamente plegó su función al temperamental dictado de la pianista con un sentido de eficacia que sólo se puede disfrutar en los grandes de la batuta, al indicar a la orquesta un seguimiento orgánico y connatural a la solista que marcó en todo momento, con su revulsivo pianismo, el espíritu del primer movimiento, reafirmándolo en la cadenza que antecede a su final, con la que quedó demostrado el sublime poderío del mecanismo de Argerich, reafirmando una vez más por qué sigue siendo una leyenda viva del teclado.

   Del segundo movimiento extrajo toda la poética liederística de Schumann manteniendo un diálogo enternecedor con la orquesta desde una impronta que descubría su mando de mente privilegiada para la recreación como elemento consustancial para el logro del fenómeno musical, según la dialéctica hegeliana tan presente en el primer tercio del siglo XIX. Argerich hacía más que música, elevando el listón a una dimensión ontológica de casi imposible descripción con palabras, que justificaba la razón última de esta composición, sin dejar de innovar con aportaciones en ornamentación, articulaciones y fraseo, para lo que se sirvió de una descomunal técnica de pedal que pedía exclusiva fijación del oyente atento y bien informado. Su actuación entró sin solución de continuidad en el Allegro vivave manifestando un creciente estado de optimismo calculado que la pianista supo balancear aumentando gradualmente su impulso que arrastraba a la orquesta, que no estuvo a la altura anticipando el tema final en el precioso pasaje fugado, lo que no impidió la portentosa resolución de la pianista que llevaba a imaginar lo que hubo de ser el estreno de esta obra por Clara Schumann el 1 de enero de de 1846 en la Gewandhaus de Leipzig. En un detalle de continuidad con el compositor, ante la respuesta de un público enfervorecido, tocó como bis la primera pieza dedicada a evocar extraños países y diversas gentes de las Kinderszenen (Escenas de niños), op. 15 que funcionó como contraste emocional ante tan apasionante interpretación concertante.

   Seguidamente se entregó en un pequeño acto la Medalla del Festival a Martha Argerich, conmemorando su primera actuación en este evento y reconociendo sus inalcanzables méritos como absoluta figura internacional del piano desde que en 1965 obtuviera el primer premio en el Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin de Varsovia.

   La velada contaba para su segunda parte con una de las obras clave que dan la dimensión artística y sonora de una orquesta; La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, creación paradigmática de la «música culta» del siglo XX. Con férrea determinación de concepto no exenta de delicado gesto, el maestro lausanés se dispuso a la lectura de la partitura consciente de la trascendencia de sus compases por su compleja diversidad melódica, armónica, dinámica, métrica e instrumental que la convirtieron, desde su estreno en el Théatre des Champs Elysées de París el 29 de mayo de 1913, en una pieza de toque del arte moderno de dirección orquestal, quedando, hasta nuestros días, como referente absoluto para toda batuta que se precie, y también por la tradición transmitida por la formación ginebrina atesorada desde que Ernest Ansermet se erigió en uno de los referentes en la interpretación de la genial música del compositor ruso. Estos hándicaps significaron más un acicate que un inconveniente para el conocimiento y experiencia de Charles Dutoit que se manifestaron siempre estar más allá y por encima de la capacidad de respuesta de la Orchestre de la Suisse Romande de cuyas secciones instrumentales sólo la percusión se esforzó por superar la versión estándar emitida por del resto de la formación que, por el alto grado dinámico alcanzado en algunos momentos de la obra y no demasiado por los detalles técnicos y artísticos, terminó impactando a la audiencia.   

Fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada

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