Crítica de José Amador Morales de la zarzuela La verbena de la Paloma en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Un espectáculo redondo
Por José Amador Morales
Sevilla, 28-III-2025. Teatro de la Maestranza. Tomás Bretón: La verbena de la Paloma, sainete lírico con libreto de Ricardo de la Vega (con el prólogo cómico-lírico Adiós, Apolo con texto de Álvaro Tato). Emilio Sánchez (Don Hilarión), Carmen Romeu (Susana), Amparo Navarro (Señá Rita), Borja Quiza (Julián), Manuel de Diego (Don Sebastián), Ana San Martín (Casta), Gurutze Beitia (Tía Antonia), Sara Salado (Cantaora), Rafa Castejón (Tabernero), Mitxel Santamarina (Sereno), Ana Goya (Doña Severiana), Adrián Quiñones y Ariel Carmona (Guardias), Ricardo Reguera (inspector). Coro del Teatro de la Maestranza (Iñigo Sampil, director del coro). Manuel Navarro, piano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lucía Marín, dirección musical. Nuria Castejón, dirección escénica. Producción del Teatro de la Zarzuela de Madrid.
La habitual cita con la zarzuela por parte del Teatro de la Maestranza ha traído de vuelta, en la presente temporada, un título tan emblemático del llamado “género chico” como La verbena de la Paloma, con la nueva producción recientemente estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. La feliz combinación de una música de altura como la compuesta por Tomás Bretón y un libreto eficaz como el de Ricardo de la Vega en el que el realismo literario y el formato del teatro por horas son sus ejes naturales, la enorme popularidad que ha arrastrado desde el mismo día de su estreno en 1894 viene dada por el irresistible equilibrio de todos los elementos que la definen: estructura, personajes definidos, humor ingenioso, trama ocurrente y expresión castiza. La incuestionable calidad musical de Tomás Bretón se refleja en una partitura rica y compleja, con evidentes pretensiones de sublimar del género lírico español; y todo ello bajo un tamiz rítmico-melódico en el que la soleá, la seguiriya, la mazurca o la habanera fluyen con una naturalidad tan pasmosa como subyugante.
El ameno y divertido prólogo Adiós, Apolo escrito para esta producción por Álvaro Tato, compensa la breve duración de La verbena de la Paloma, y nos traslada de forma imaginaria a los instantes previos a la última función que de esta zarzuela se ofreciera en 1929 el Teatro Apolo, justo antes de que el edificio cambiara de propietarios y se transformara en una sucursal bancaria. La pieza fluye con gran dinamismo gracias, entre otras cosas, a la selección de números musicales que la integran – procedentes de obras de Federico Chueca, Joaquín Valverde, Jacinto Guerrero o José Rogel - y que ofrecen una suerte de homenaje a la historia del género chico y a la importancia de este en dicho edificio.
En cuanto a la hermosa producción de Nuria Castejón, poco que añadir al excelente comentario que Raúl Chamorro hiciera para Codalario con motivo del estreno en Madrid de la misma en mayo del pasado año. En definitiva, una propuesta escénica eficaz, coherente con el libreto de De la Vega y al servicio de la música de Bretón, con decorados, vestuario e iluminación trabajados con exquisito gusto y una dirección de actores ciertamente con abigarramientos puntuales pero que permite seguir la trama con facilidad. Un momento particularmente logrado fue la escena del cuadro segundo, cuando se nos permite adentrarnos al “Café de Melilla” gracias al efecto escénico de adelantarlo hacia el proscenio, apareciendo el pequeño tablao con su piano, la cantaora ataviada para la ocasión con su vestido de flamenca y hasta la neblina de humo habitual en este tipo de tabernas, en una bellísima estampa que bien podría haberla firmado el mismísimo Julio Romero de Torres y que musicalmente remató Sara Salado con una impresionante soleá, dotada por fin de su esencia flamenca gracias al tremendo quejío e intensidad expresiva de una voz que acompañó con agraciados movimientos.
La dirección de Lucía Marín fue eficaz en cuanto a fluidez dramática y simplemente correcta en cuanto a sonido. La dirección de la linarense acusó falta de empaque a la hora de realzar la excepcional riqueza tímbrica de la partitura de Tomás Bretón y de una mayor atención al balance orquesta-voces, ya que no siempre fue óptimo. Estas estuvieron protagonizadas por un Emilio Sánchez que encarnó un Don Hilarión tal vez algo más juvenil de lo acostumbrado, pero musical y escénicamente muy resolutivo, al igual que el estupendo Don Sebastián de Manuel de Diego, sin duda una baza segura en cuanto a buen gusto y profesionalidad; el buen hacer de Amparo Navarro le llevó a ofrecer una estupenda señá Rita. El resto del reparto coincidió con el presentado en el estreno de esta producción en Madrid, con un Borja Quiza como Julián de voz tan contundente como poco dada a sutilezas, una excelente Carmen Romeu como Susana de precioso timbre y apropiado fraseo, junto a una Gurutze Beitia tal vez un punto ruda de más si bien, como debe ser, hizo divertir al público de lo lindo. Por su parte, Ana San Martín presentó una Casta de mayor presencia escénica que vocal, habida cuenta de sus dificultades para proyectar su instrumento, y Rafa Castejón hizo honor a su apellido ofreciendo una inolvidable actuación como director en el prólogo y como tabernero en el sainete.
Fotos: Teatro de la Maestranza